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Entrevista en Diario Sur a Fernando Rodríguez de Fonseca

Ver fuente de noticia. Diario Sur Digital

La curiosidad se le despertó muy pronto. Apenas con tres años ya tenía un cubo en el que guardaba todo tipo de animalitos. Los miraba y analizaba su comportamiento. Era un niño despierto e inquieto. Cuando lo llevaban al médico, en vez de protestar, se dedicaba a freír a preguntas al doctor. Y es que Fernando Rodríguez de Fonseca (Madrid, 1964) desde pequeño tuvo claro que el conocimiento del hombre iba a ser su camino profesional. En septiembre de 2000 llegó a Málaga para ocupar la gerencia de la entonces Fundación Carlos Haya (hoy Imabis). Su misión era potenciar la investigación y la ciencia. «Acepté la oferta porque considero que la investigación biomédica hay que hacerla en un hospital», explica.

Trabajo no le ha faltado. Once años después, aunque ya no dirige Imabis, sigue en la fundación como líder de un grupo de investigación en neuropsicofarmacología. Además, es profesor titular de psicobiología en la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense y socio fundador de una empresa de biotecnología (Biotech). Si la ciencia es el eje sobre el que gira su vida, la música es su gran pasión. Tuvo que dejar los estudios de guitarra clásica tras cursar cinco años, porque llegó un momento en que era imposible compatibilizarlos con la actividad científica. Le habría gustado ser instrumentista. No pudo ser. En esos años juveniles también pertenecía a un grupo de teatro y se subía a los escenarios con vocación de actor.

El aburrimiento está erradicado del diccionario de este doctor en Bioquímica. Lo que peor lleva son las esperas; las considera una pérdida de tiempo. «Soy impaciente», afirma. En esos casos, pone a funcionar su cabeza y se evade mentalmente. «Tengo una imaginación portentosa», dice. Esa facilidad para recrear situaciones ya la desarrollaba en Andorra de Teruel, pueblo al que llegó con diez días (su padre dirigía una mina de carbón) y en el que permaneció hasta que con doce años regresó a Madrid. Ni el frío extremo en invierno (15 grados bajo cero) ni el sofocante calor en verano (45 grados) frenaban sus juegos en la calle o sus correrías por el campo cazando pájaros, culebras o ranas. «Tuve una infancia absolutamente feliz», recuerda.

Tercero de siete hermanos, Rodríguez de Fonseca estudió el bachillerato en el SEU San Pablo de Madrid. «En el colegio me pusieron de mote ‘el Físico’, porque se me daba muy bien la Física; sin embargo, cuando tuve que elegir, me matriculé en Medicina. Para mí, lo fundamental es el estudio del hombre». Se formó en la Complutense y en el Hospital Clínico de San Carlos, donde estuvo como interno en los departamentos de Anatomía, Medicina Interna y Bioquímica. Si algo no olvida son los ocho años en que ejerció como médico generalista en un hospital madrileño dedicado a atender a pacientes paliativos. Durante ese periodo convivió a diario con la muerte y trató de aliviar el sufrimiento de personas que estaban desahuciadas. Si algo aprendió fue que los médicos, además de buscar la curación de sus pacientes, deben apoyarlos, acompañarlos y cuidarlos.

A la vez que trabajaba en el hospital de paliativos, cursaba una beca de investigación en el departamento de Bioquímica de la Facultad de Medicina. La tesis doctoral la leyó en 1992. En 2003, tras un periodo de catedrático interino y de ayudante, sacó la plaza de profesor titular de psicobiología. En esa fecha ya vivía en Málaga y estaba metido hasta el tuétano de los huesos en proyectos de investigación realizados en Carlos Haya . «Me interesa muchísimo el estudio del cerebro, un órgano apasionante, capaz de crear la mente humana», subraya.

Autocrítico, Rodríguez de Fonseca asegura que hay científicos con un ego mayor que las divas de la ópera. Por eso, defiende la humildad en el trabajo. Es consciente de que el éxito, a veces, es flor de un día. En su caso, dice que si ha llegado a donde ha llegado ha sido gracias a su mujer. «Ella es la persona que más me ha ayudado». El matrimonio tiene dos hijos. El mayor nació en Madrid hace diecisiete años; el pequeño en Málaga hace ocho. «Son unos chicos especiales. Los dos estudian música. Tengo una familia maravillosa».

En sus ratos libres, Rodríguez de Fonseca, que se declara sufridor del Atlético de Madrid, se mete en la cocina y se pone preparar cualquier tipo de comida. «Ninguna receta se me resiste», cuenta. Su atracción por los fogones la compatibiliza con la que siente por la literatura de calidad. Libros como ‘Vida y destino (Vasili Grossman) ‘Guerra y paz (León Tolstói) o ‘Bajo el volcán (Malcolm Lowry) forman parte del recuadro de honor de este científico extremadamente curioso y de mente bien poblada